Este post es algo diferente al resto de entradas del blog, ya que está escrito de una forma mucho más personal. Es el resumen de un viaje a Irlanda que nuestro Miguelito hizo en moto con unos amigos y está basado en un blog de rutas en moto que le dio por escribir hacer unos años… Eso si, aunque este viaje se hizo en moto, nada te impide alquilarte un coche en el aeropuerto de Dublín y hacerlo sobre cuatro ruedas y evitas mojarte, porque si, en Irlanda llueve!!!
🏙️ La isla de Irlanda tiene una población combinada de aproximadamente 7 307 300 habitantes (5 380 300 en la República de Irlanda y 1 927 000 en Irlanda del Norte).
💰 Las monedas son el euro (€) en la República de Irlanda y la libra esterlina (£) en Irlanda del Norte.
🔌 En toda la isla se utilizan enchufes de tipo G, con una tensión de 230 V y una frecuencia de 50 Hz.
🌦️ El clima es templado oceánico: veranos suaves y frescos, inviernos moderados, con lluvias bien repartidas a lo largo del año.
🛂 Los ciudadanos españoles ingresan sin visado en ambos territorios: en la República de Irlanda basta con DNI o pasaporte válido; en Irlanda del Norte, exentos de visa pero requieren Autorización Electrónica de Viaje (ETA) para estancias de hasta 6 meses.
👑 La República de Irlanda es una república parlamentaria con presidente y Taoiseach; Irlanda del Norte forma parte del Reino Unido, una monarquía constitucional con asamblea devoluta.
✝️ La religión predominante es el cristianismo: en la República de Irlanda el catolicismo alcanza el 78 %, en Irlanda del Norte el 42 % es católico, el 37 % protestante/otra confesión cristiana y el 17 % sin religión.
Índice
HISTORIA IRLANDESA
Irlanda es una isla con una historia fascinante, marcada por mitos, batallas y una increíble transformación a lo largo de los siglos. Los primeros habitantes llegaron hace miles de años, dejando huellas como los monumentos megalíticos de Newgrange, que siguen siendo un misterio para muchos. Los celtas, que llegaron después, dejaron una gran marca en la isla, con su lengua, sus costumbres y sus leyendas que siguen vivos en el folklore irlandés.
Pero Irlanda no solo se formó bajo los celtas; los vikingos también hicieron su entrada, invadiendo la isla y fundando ciudades como Dublín, que, aunque hoy está llena de vida y modernidad, guarda ese toque de historia vikinga en sus calles. Luego, los normandos llegaron en el siglo XII y, poco a poco, Irlanda fue absorbida por el Imperio Británico, lo que trajo consigo siglos de luchas y rebeliones por la independencia.
Uno de los momentos más dramáticos fue la Gran Hambruna de la papa en el siglo XIX, que dejó cicatrices profundas en la isla, con millones de muertos y una emigración masiva, principalmente hacia Estados Unidos. Y aunque Irlanda ha sido una tierra de lucha, también es una de superación. Tras la Revolución de 1916 y la Guerra de Independencia, en 1922 se creó la República de Irlanda, aunque Irlanda del Norte siguió bajo el control de Reino Unido, lo que generó tensiones durante el siglo XX.
Hoy, Irlanda es una isla llena de vida, de tradiciones que se entrelazan con la modernidad. Desde sus pintorescos pueblos hasta sus paisajes de ensueño, la isla sigue siendo un lugar donde la historia, la cultura y la magia del pasado se encuentran en cada rincón. ¡Y lo mejor es que cada viaje por Irlanda es una invitación a descubrir algo nuevo, lleno de historias que te atraparán!
Por qué Irlanda
Si hay un destino que parece hecho para recorrerlo en moto, ese es Irlanda. Carreteras que se retuercen entre acantilados de los que cortan la respiración, paisajes donde el verde no se acaba nunca y pueblecitos con más encanto del que cabría en cualquier mapa. Aquí, la lluvia es una vieja amiga, pero también esos rayos de sol que aparecen de la nada y te dejan estampas de postal.
Rodar por Irlanda en moto no es solo hacer kilómetros, es vivir la carretera. Desde la mítica Wild Atlantic Way, con sus curvas y vistas de escándalo, hasta los rincones históricos de Irlanda del Norte, cada tramo es una mezcla de naturaleza salvaje, historia y cultura. Y claro, con paradas obligatorias en pubs donde la música en directo y una pinta bien tirada se convierten en parte del viaje.
Si estás pensando en lanzarte a la aventura sobre dos ruedas, sigue leyendo, porque te vamos a contar nuestra ruta por Irlanda en moto, con todo lo bueno, lo inesperado y lo que necesitas saber antes de arrancar.
Cómo llegar a Irlanda en moto
Si ya tienes claro que quieres recorrer Irlanda en moto, el primer paso es llegar hasta la isla con ella. Desde España hay varias opciones, todas con su punto de aventura, pero unas más directas que otras. Aquí te contamos las principales rutas para llegar en ferry o por carretera.
1. Ferry directo desde España a Irlanda
Si quieres evitar kilómetros en carretera y cruzar el mar directamente, hay una opción para embarcar la moto en España y llegar a Irlanda sin complicaciones.
- 🚢 Bilbao – Rosslare (aprox. 29-30h)
Operado por Brittany Ferries, este ferry te deja en Rosslare, al sureste de la isla, evitando así el paso por Reino Unido. La gran ventaja es que puedes descansar durante la travesía y llegar listo para empezar la ruta en moto. Eso sí, conviene reservar con antelación porque no es el ferry más barato.
2. Eurotúnel + carretera hasta el ferry en Reino Unido
Si prefieres hacer más kilómetros en moto antes de pisar Irlanda, puedes subir hasta Calais, en Francia, y cruzar a Inglaterra en el Eurotúnel.
- 🏍️ Ruta: España → Francia → Calais
- 🚆 Eurotúnel (35 minutos)
- 🏍️ Carretera por Reino Unido hasta Holyhead o Liverpool
- 🚢 Ferry a Dublín
La ventaja de esta opción es que puedes aprovechar para rodar por Inglaterra y Gales antes de tomar el barco, pero también implica más tiempo en carretera y posibles atascos en la circunvalación de Londres.
3. Ferry desde Francia a Irlanda: la opción que elegimos nosotros
Después de valorar todas las opciones, nosotros decidimos hacer ir en moto hasta Normandía, optando por una ruta que nos permitió reducir el coste, a pesar de los muchos kilómetros por insípidas carreteras.
- 🏍️ España → Cherburgo
- 🚢 Ferry «Cherbourg – Rosslare» con la compañía Stena Line (aprox. 18h)
En el momento en que hicimos el viaje, la travesía directa desde Bilbao a Rosslare aún no estaba operativa. En aquel entonces, existían ferris desde Bilbao y Santander hasta Cork, pero el precio era exageradamente alto, lo que nos hizo descartarlos.
Para llegar a Cherbourg lo dividimos en una primera etapa Madrid-Biarritz, aprovechando para rodar por el pirineo navarro. Una segunda etapa todo autopista Biarritz-Rennes, si un coñazo, pero había que hacerlo. Y la tercera etapa nos llevó hasta Cherbourg, pero nos permitió conocer algunos lugares de Normandía, como la playa de Omaha.

Nuestra ruta
La idea del viaje era clara: darle la vuelta a Irlanda bordeando la costa, sin meternos demasiado en el interior, porque cinco días en moto no dan para verlo todo. Así que nos centramos en recorrer los paisajes más espectaculares, rodar por las carreteras más icónicas y, por supuesto, hacer paradas en los sitios que realmente merecen la pena.
El plan era hacer una ruta circular, saliendo desde Rosslare, pero en sentido contrario a las agujas del reloj. Esto nos permitió aprovechar mejor los tramos más escénicos y disfrutar de algunos de los puntos más impresionantes de la isla sin prisas. Un viaje donde cada día tenía su propio encanto: acantilados de vértigo, carreteras de postal, castillos perdidos y pubs donde parar a recuperar fuerzas.
A continuación, te contamos el itinerario día por día, con todo lo que vimos, lo que nos sorprendió y lo que no te puedes perder si te lanzas a recorrer Irlanda en moto. ¡Vamos al lío!
Primeros kilómetros
Al abrirse la compuerta del ferry en Rosslare, nos encontramos con un mundo donde todo parece al revés. Acostumbrados al sol y los paisajes secos de España en verano, en Irlanda predomina la lluvia y una paleta infinita de verdes. Ah, y además, conducen por el lado contrario; como dirían Astérix y Obélix, «están locos estos irlandeses».
Desde Rosslare, a menos de 200 kilómetros al sur de Dublín, comenzamos nuestra aventura hacia el norte, adaptándonos a eso de conducir por el otro lado. Primera sorpresa: si en Francia los coches te facilitan el paso en los atascos, en Irlanda van un paso más allá, desplazándose al arcén para facilitarte el adelantamiento. ¡Ver para creer!

En la localidad de Rathnew, ya con el traje de lluvia puesto, nos desviamos para visitar Glendalough, un conjunto monástico situado a orillas de dos lagos. Tras una rápida visita, seguimos nuestro camino hacia Dublín, deseando llegar para la hora de comer. Pero antes, queríamos probar eso de ir de curvas por el lado contrario, así que tomamos la Old Military Road, construida hace más de 200 años para permitir el paso del ejército británico a través de las Wicklow Mountains. Además de ofrecernos un trazado muy entretenido, nos regala lagos, cascadas, inmensas praderas y un sinfín de imágenes grabadas en nuestra memoria.

La carretera nos dejó a las puertas de Dublín, pero poco antes de llegar, la Old Military Road nos ofrece una panorámica de despedida sobre la capital irlandesa. Buena toma de contacto con las carreteras de la isla, aunque la meteorología no acompañó en nuestra tarde dublinesa; una intensa lluvia nos impidió hacer turismo por la ciudad, así que no quedó más remedio que explorar los pubs de la zona de Temple Bar. Para dormir, elegimos el Four Courts Hostel, bien situado, limpio, con buen precio y con parking concertado, lo que nos permitió descansar tranquilos sin preocuparnos por nuestras motos.
Rumbo al norte
Tras una noche en Dublín, arrancamos motores con destino a Belfast, la capital de Irlanda del Norte. La ruta nos lleva por la autovía que une ambas ciudades en menos de dos horas. Al cruzar la frontera, notamos el cambio de kilómetros a millas por hora, lo que al principio resulta curioso, pero rápidamente nos adaptamos.
En Belfast, hacemos una breve parada para pasear por la zona de los murales, testigos de la historia reciente de la ciudad. Sin embargo, volvimos rápidamente a la carretera hacia nuestro siguiente destino: la Calzada del Gigante. Por la carretera que bordea la costa llegamos hasta el famoso Carrick-a-Rede, un puente colgante de 20 metros de largo hecho de cuerda, pero cuando llegamos allí y vimos que nos cobraban 16£ por cruzarlo, decidimos pasar de él y seguir ruta. Lo de ir por la carretera costera fue una elección acertada que nos regala vistas impresionantes y la emoción de rodar al borde de acantilados. Este tramo se convierte en uno de los más memorables del viaje.

La carretera nos llevó a Ballycastle, donde aprovechamos para reponer energías antes de visitar uno de los lugares más emblemáticos de Irlanda para todo aquel que le gustan las motos. La región está salpicada de localidades que comienzan por «Bally», pero hay una en particular que todo motero debe conocer: Ballymoney. Este pueblo es la cuna del legendario piloto de road races Joey Dunlop y no podíamos dejar de rendirle homenaje en su tierra natal.

Tras dar cuenta de unas pintas y de una rica Irish dinner, tocaba buscar alojamiento. Y lo que encontramos fue The Hunting Lodge Hotel, un hotel de cazadores perdido de la mano de Dios. Para hacerlo más interesante, llegamos bien entrada la noche, con la carretera desierta y solo nuestras luces iluminando el camino. Toda una experiencia que cerró un día cargado de kilómetros, historia y adrenalina, con la sensación de que Irlanda nos tenía preparadas muchas más sorpresas.
La belleza está en el interior
El día anterior había sido brutal, pero también bastante largo, y como llegamos tarde al hotel, decidimos recortar un poco la ruta para no plantarnos demasiado tarde en Galway, que era nuestro destino final del día. Salimos del hotel, al sur de Derry, una ciudad que nos habría encantado visitar pero que esta vez se quedó en el tintero. Lo que sí estaba claro es que el día iba a estar pasado por agua… pero oye, eso es Irlanda, y aquí la lluvia forma parte del paisaje.
Lo bueno de esta isla es que, aunque caigan chuzos de punta, todo parece una postal. Bosques, praderas y, de repente, un lago que parece un mar: el Lower Lough Erne. La carretera cruza una isla del propio lago y llega un momento en que dudas si estás conduciendo junto a un lago o perdido en medio de alguna bahía.

Más adelante alcanzamos la costa oeste, que poco tiene que ver con esa imagen paradisíaca que suele venirnos a la cabeza cuando pensamos en la costa oeste americana. Aquí el Atlántico se muestra en su versión más salvaje, con acantilados afilados y un mar que deja claro quién manda en esta parte del mundo. El siguiente punto de paso fue Sligo, localidad en la que se recuerda bastante a la Armada Española, aunque la verdad es que el clima no estaba como para hacer muchas paradas.
Al final, acertamos acortando la ruta, porque eso nos dio margen para disfrutar la tarde paseando por la siempre animada Galway, que como buen plan irlandés, se vive mejor con un buen pub de por medio.


La joya de la corona
El día que elegimos para mostrarle a Irlanda las camisetas de nuestro motoclub no pudo salir mejor. En una jornada que nos regaló un poco de todo —sol, lluvia, viento e incluso algo de calor— la isla nos enseñó lo mejor que tiene.

La primera parada fueron los acantilados de Moher, que junto a la Calzada del Gigante, son de los rincones más turísticos del país, Dublín aparte. Y con razón, porque cuando te acercas al borde la sensación impresiona, y mucho. Mejor no tentar a la suerte y guardar una distancia prudente, sobre todo si el viento aprieta. Por cierto, si quieres ahorrarte unos euros, en lugar de meterte en el parking oficial, puedes seguir un pequeño camino que sale a la derecha algo antes de llegar. Allí hay un terreno vallado donde puedes dejar tu moto por 2€, bastante mejor que los 8€ que cuesta el del centro de visitantes.

Siguiendo hacia el sur pasamos por Spanish Point, una localidad vacacional que también recuerda a los barcos que se hundieron en esta costa tan abrupta. Más adelante, rumbo a Killimer, cogimos un pequeño ferry para ahorrarnos una vuelta de más de 100 kilómetros. Si vas atento, es fácil ver delfines saltando junto al barco, así que no te despistes. Lo mejor es llevar el billete comprado por internet para no tener que esperar en la terminal. El ferry te deja en Tarbert, bastante cerca de uno de esos lugares que teníamos marcado en rojo en el mapa: la península de Dingle, una auténtica joya.
Con la lluvia cayendo a lo grande, empezamos a bordear la costa sur de la bahía de Tralee, mientras a nuestra izquierda veíamos cómo se levantaba el Conor Pass, una montaña que se sube por una carretera estrecha y empinada. Al coronar el paso, hay un mirador que regala unas vistas brutales de varios lagos y del océano. Si el tiempo está revuelto, como fue nuestro caso, con lluvia, nubes y viento, te sentirás más en los Pirineos o en los Alpes que en una montaña de apenas 450 metros.

Conor Pass desemboca en el pueblo de Dingle, desde donde arranca una carretera circular que recorre la península bordeando la costa. Es de esos trayectos en los que quieres parar en cada curva, en cada mirador… podrías llenar la tarjeta de memoria de la cámara solo aquí. Decidir entre recorrer la península de Dingle o el famoso Anillo de Kerry fue una duda constante, pero cuando supimos que National Geographic había elegido Dingle como el lugar más bonito del mundo, no hubo más que pensar. Y no defraudó. Este rincón de Irlanda es una obra maestra de la naturaleza, de esos sitios que no se te olvidan.

Es el sitio perfecto para desconectar, recorrer pintorescos pueblos y disfrutar de rutas como el Dingle Loop, que te regalan vistas espectaculares del océano Atlántico.🇨🇮

De camino a nuestro hotel, nos tocó recorrer una de esas carreteras que parecen sacadas de una postal: dos estrechas líneas de asfalto separadas por una franja de hierba en el centro. Si te cruzas con un coche, te toca sacar la moto de la carretera para dejarle pasar… y de paso hacer una foto para recordar esa estampa tan auténtica.
Al llegar, perdido en medio de la nada, tuvimos un pequeño problema con la reserva: de las dos habitaciones que habíamos reservado, solo había una disponible. Pero claro, estamos en Irlanda, y la amabilidad de los locales hizo el resto. Rápidamente nos ubicaron en una guest house cercana y así pudimos disfrutar del pub del hotel junto a los lugareños que, como cada tarde, llenaban el local mientras caía la noche. Y así terminó un día de esos que no se olvidan.
Érase una vez un cuento
Tocaba empezar el regreso hacia Rosslare, pero antes teníamos que pasar por uno de esos sitios que llevábamos tiempo esperando, el Gap of Dunloe, y de regalo, uno de los tramos más moteros del viaje.
Salimos de nuestro hotel, al oeste de la península de Dingle, para seguir bordeando la costa hasta dar con el famoso Anillo de Kerry en Killorglin. Desde allí pusimos rumbo a Killarney, pero antes de llegar nos desviamos a la derecha siguiendo las indicaciones hacia el Gap of Dunloe.

Y vaya acierto. Esta carretera es de esas que justifican por sí solas un viaje a Irlanda. Estrecha, pero bien asfaltada, arranca bordeando varios lagos y es bastante transitada, no solo por coches, sino también por esas calesas de caballos que los turistas alquilan para recorrer el camino. Eso sí, ojo con los “regalitos” que dejan los caballos en la carretera, que parecen trampas de gasoil en versión irlandesa.

Cuando se deja atrás la zona de los lagos, el panorama cambia. Aquí la carretera se queda sola, apenas ves a nadie, solo una planicie infinita que da paso al impresionante Black Valley. Con la niebla que nos tocó, el lugar tenía un aire misterioso que parecía sacado de una peli. En más de una curva llegamos a pensar que el GPS se había vuelto loco, pero no, íbamos bien. Al rato, la carretera empezó a subir y nos llevó directos a Molls Gap, donde nos esperaba una pequeña tienda con una cafetería en la planta superior que fue gloria bendita. Y menos mal, porque la repostería británica hizo que más de uno se planteara quedarse a vivir allí.
El ascenso a Molls Gap es de esos que exigen ir con calma, estrecho y con curvas que no te dejan despistarte. El descenso, en cambio, es otra historia: carretera ancha, con buen asfalto y con ese trazado que hace que no quieras que se acabe nunca. Aquí volvimos a conectar con el Anillo de Kerry, y nos regaló uno de los tramos más disfrutones del viaje. Son 22 kilómetros hasta Killarney atravesando el Parque Nacional que lleva su nombre, y los primeros 15 son una auténtica delicia. Y eso con tráfico… porque sin él, este tramo puede ser una locura de lo bueno que es para los que nos gustan las curvas.
Nuestro último objetivo del día fue el Healy Pass, la guinda final a nuestro periplo irlandés. La R574 es de esas carreteras que parece diseñada para disfrutar al volante o sobre dos ruedas. Durante todo el trayecto las vistas son una pasada, pero lo mejor llega en la cima: desde allí puedes ver cómo la carretera se retuerce ladera abajo en una estampa que parece dibujada a mano.

Con el día casi cerrado, tocaba buscar alojamiento y poner rumbo hacia él. El plan era dormir en Cork, pero los precios estaban por las nubes y acabamos recalando en Cobh, una ciudad costera al sureste de Cork que resultó ser todo un acierto. Coqueta, con un puerto natural enorme y ese aire marinero que le da mucho encanto.

Colorín, colorado…
Ya sólo quedaba regresas a Rosslare para coger el ferry de vuelta y poner punto final a nuestro viaje. Eso si, antes de llegar a casa, el que esto escribe tuvo tiempo de darse un paseo por los puertos mas conocidos del Pirineo francés, algo mas motero que nuestra ruta en autocaravana por esa zona.
Recorrer Irlanda en moto ha sido una de esas aventuras que te dejan con ganas de darle al rewind y volver a empezar. Desde los imponentes acantilados de Moher, que te hacen sentir en el fin del mundo, hasta la mágica Calzada del Gigante, que parece sacada de otro planeta. El Gap of Dunloe nos regaló uno de esos tramos que justifican el viaje por sí solos, y el serpenteante Healy Pass nos dejó claro que las mejores carreteras no siempre son las más conocidas.
La península de Dingle fue puro espectáculo: curvas, acantilados y miradores que te obligan a parar cada dos por tres porque todo parece una postal. Y qué decir del Anillo de Kerry, uno de esos tramos que se disfrutan de principio a fin, con curvas que te sacan la sonrisa bajo el casco y paisajes que parecen pintados a mano.

Pero si algo nos llevamos de Irlanda es su rollo. Esa sensación de que, aunque el tiempo no acompañe, siempre hay un pub esperándote con una pinta en la barra, buena música en directo y alguien dispuesto a contarte una historia que te hará reír o alucinar. Irlanda no es solo verde, es una mezcla de paisajes brutales, carreteras que te piden marcha y un ambientazo que engancha. Si te gusta viajar en moto y disfrutar del camino tanto como del destino, esta isla te va a atrapar.
Ahora te toca a ti: ¿Has rodado por las carreteras de Irlanda? ¿Cuál fue ese rincón que te dejó con la boca abierta? ¿Algún pub, mirador o tramo que no podamos perdernos? Cuéntanoslo en los comentarios, que siempre mola descubrir esos secretos que solo se saben cuando alguien te los cuenta. ¡Te leemos!

