Si te decimos que hicimos un road trip por Turquía de 8 días y que acabamos entre ruinas romanas, playas turquesa y momentos en los que pensábamos “¿dónde nos hemos metido?”, ya te puedes imaginar que fue todo menos relajado. Hacer un viaje así en tan poco tiempo es una locura, lo sabemos. Las distancias son larguísimas, los paisajes cambian a cada rato y no nos sobró ni un minuto.
Pero aun así, conseguimos ver lo mejor del país, pegarnos alguna que otra paliza al volante y volver con mil historias que contar. Turquía no fue solo un destino más, fue un viaje de esos en los que sientes que te estás dejando mucho por hacer y que, cuando termina, ya estás pensando en repetir.
🏙️ Turquía cuenta con aproximadamente 85 000 000 habitantes, siendo Estambul su mayor ciudad y Ankara la capital administrativa.
💰 La moneda oficial es la lira turca (TRY). Tipo de cambio aproximado: 1 € ≈ 40 TRY y 1 $ ≈ 37 TRY.
🔌 Se utilizan enchufes de tipo C y F, con una tensión de 220 V y una frecuencia de 50 Hz.
🌦️ El clima varía: mediterráneo en costas (veranos secos, inviernos suaves), continental en el interior (veranos calurosos, inviernos fríos) y oceánico en el norte (lluvias repartidas todo el año).
🛂 Los ciudadanos españoles están exentos de visado para estancias de hasta 90 días dentro de un período de 180 días.
👑 Turquía es una república presidencial según la Constitución de 2017, con el presidente como jefe de Estado y de Gobierno.
☪️ La religión predominante es el islam (aprox. 99 % de la población).
Índice
Un país con mil vidas: un poco de historia de Turquía
Antes de lanzarnos a la carretera, vale la pena que sepas por qué Turquía es uno de esos países que te revienta la cabeza con cada parada. Aquí no estamos hablando de “un poco de historia y ya”, no. Turquía ha sido literalmente el centro del mundo durante siglos. Y no lo decimos por exagerar: lo fue para griegos, romanos, bizantinos, otomanos y para medio planeta que ha pasado por aquí dejando huella.
En la zona que hoy conocemos como Turquía estaban Troya, Éfeso, la Capadocia y un montón de ciudades más que marcaron la historia antigua. Luego vino el Imperio Romano, y más tarde el Imperio Bizantino, que tuvo su capital nada menos que en Constantinopla, lo que ahora es Estambul. Y cuando parecía que ya no cabía más historia llegaron los otomanos, que convirtieron esta tierra en una potencia brutal durante más de 600 años.
Estambul fue capital de imperios durante más de 1.500 años seguidos. Y eso, claro, se nota. En las mezquitas, en los palacios, en las ruinas romanas, en los bazares… Turquía es un museo al aire libre, pero uno en el que te puedes meter al mar, comerte un kebab y ver un globo sobrevolando chimeneas de hadas al atardecer.
Nuestra ruta por Turquía en 8 días: corriendo, pero con una sonrisa
Ocho días en coche por Turquía dan para mucho… y a la vez, para muy poco. Tuvimos la sensación constante de ir justos de tiempo, de llegar a sitios que merecían horas y horas, y solo poder estar un rato. Pero aun así, el viaje fue una pasada. Empezamos en Estambul, que se nos quedó enorme, porque con una ciudad así no hay manera de abarcarlo todo en tan poco tiempo. Desde allí fuimos cruzando el país en coche, viendo cómo cambiaban los paisajes, el ambiente y hasta el ritmo de vida.
Pasamos por Göreme, Derinkuyu y el Sultanhanı Caravanserai, donde parecía que nos habíamos metido en otra época. Luego llegaron Pamukkale y Hierápolis, que pintaban espectaculares… pero nos cayó encima el diluvio del siglo. De ahí bajamos a la costa, paramos en Kuşadası, exploramos Éfeso con cara de asombro en cada esquina, y acabamos el viaje en Çeşme, que nos supo a relax después de tantos kilómetros. Cerramos el círculo volviendo a Estambul, medio muertos pero con la sensación de que, pese a todo, lo habíamos exprimido bien.
Estambul en un día y medio: EL GRAN ERROR DEL VIAJE
Empezar un viaje por Turquía en Estambul es como arrancar una peli por la escena final: te deja con mil preguntas, mil ganas de más y la sensación de que te faltan horas por todos lados. Lo sabemos, dedicarle solo un día y medio a esta ciudad fue nuestro mayor error. Y por si fuera poco, tuvimos la “suerte” de pillar Santa Sofía cerrada y la Mezquita Azul en obras. Estambul se nos quedó grande, y no solo por lo inmensa que es, sino porque cada rincón tiene historia, vida y mil lugares que visitar.

Estambul ha sido capital de imperios durante más de 1.500 años. Primero como Bizancio, luego como la mítica Constantinopla, y por último como la Estambul que conocemos hoy. Aquí se han cruzado culturas, religiones, guerras, rutas comerciales y millones de personas que han dejado huella. Es una ciudad que no se entiende en una visita rápida… Pero bueno, al menos nos llevamos una buena primera impresión y con la certeza de saber que un día tenemos que volver.
Santa Sofía
Pocas construcciones en Turquía, y en el mundo, tienen tanta historia como Santa Sofía. La ves por fuera y ya impone, pero cuando sabes todo lo que representa, entiendes por qué es uno de los lugares más icónicos de Estambul. Fue construida en el siglo VI como iglesia bizantina, transformada en mezquita siglos después por los otomanos, luego convertida en museo en el siglo XX y desde 2020 volvió a funcionar como mezquita.
Su cúpula central es una de las más grandes del mundo y marcó un antes y un después en la arquitectura. Por dentro, mezcla elementos cristianos y musulmanes, frescos de vírgenes, nombres de califas, columnas romanas, mosaicos dorados, lámparas otomanas… Todo en un espacio que parece respirar siglos de historia.
Nosotros tuvimos la mala suerte de pillarla cerrada por obras. No pudimos entrar, pero incluso desde fuera es impresionante. Te quedas un buen rato mirándola, viendo cómo cambian los colores de su fachada con la luz, cómo la gente se para, cómo algunos rezan y otros hacen fotos…

Mezquita Azul
Otro clásico que pillamos a medio gas. La Mezquita Azul, o Sultanahmet Camii, es uno de los grandes símbolos de Estambul y una visita imprescindible, aunque tengas la mala suerte de pillarla en plena restauración. Está justo enfrente de Santa Sofía, y juntas forman un dúo impresionante que resume siglos de historia y poder imperial.
Fue construida a principios del siglo XVII por orden del sultán Ahmed I, y lo que la hace especial, además de su tamaño, son sus seis minaretes y el interior cubierto por más de 20.000 azulejos de cerámica azul de İznik, que le dan el nombre con el que la conocemos hoy. La cúpula principal es enorme, y todo dentro transmite esa mezcla de grandeza y calma que tienen las mezquitas cuando entras en silencio.

Gran Bazar

Un laberinto de pasillos, luces, voces y cosas que no sabías que necesitabas. Entrar al Gran Bazar de Estambul es dejar atrás la lógica y dejarte llevar por el caos organizado. Igual no compras nada como que te llevas 14 cosas sin darte cuenta, pero pasear por ahí es toda una experiencia. Es historia viva: se construyó en el siglo XV, poco después de la conquista otomana de Constantinopla, y ha sido centro comercial desde entonces.
Hoy cuenta con más de 4.000 tiendas repartidas en decenas de calles cubiertas, techos abovedados, mosaicos, lámparas colgantes y un ritmo que no se detiene. Aquí se puede encontrar de todo: alfombras, cerámica pintada a mano, joyas, piel, lámparas turcas, especias, textiles, falsificaciones con más o menos gracia y hasta recuerdos kitsch que no sabías que querías hasta que los viste.
Lo mejor es ir sin prisa y con ganas de regatear. Los vendedores pueden ser insistentes, pero siempre con buen humor. A veces no sabes si estás comprando o viviendo una escena de teatro improvisada, y eso también tiene su encanto. Aunque esté muy orientado al turismo, el Gran Bazar sigue siendo un lugar auténtico, caótico y lleno de vida. Y si te pierdes, que te vas a perder, disfrútalo…
Torre Gálata
La Torre Gálata es una de las siluetas más reconocibles del skyline de Estambul y, también, uno de los mejores sitios para ver la ciudad desde las alturas. Está situada en la parte europea, en el barrio de Beyoğlu, y se alza sobre una colina que ya de por sí tiene buenas vistas. Pero lo realmente espectacular es subir hasta lo alto de la torre y ver cómo se extiende Estambul en todas direcciones: el Cuerno de Oro, el Bósforo, las mezquitas gigantes, los tejados antiguos, los ferris cruzando de continente a continente… todo a la vez.
La torre fue construida en el siglo XIV por los genoveses, cuando esta parte de la ciudad se conocía como Gálata y aún no formaba parte del mundo otomano. Ha sido utilizada como torre de vigilancia, prisión, observatorio e incluso como punto de lanzamiento de uno de los primeros vuelos con alas de la historia… Hoy está completamente restaurada, con ascensor, mirador panorámico y hasta una cafetería dentro.

Calle Istiklal (Istiklal Caddesi)
Una de las arterias principales de la ciudad moderna, pero con mil capas de historia. Tiendas, cafeterías, edificios antiguos, artistas callejeros, banderas turcas ondeando a cada paso y un ambientazo constante. Por el centro de todo esto pasa el famosísimo tranvía rojo, ese que habrás visto en mil fotos, avanzando a paso lento entre turistas y locales. Nos pareció un sitio ideal para dejarse llevar un rato, mirar escaparates, tomar algo y simplemente disfrutar del caos ordenado de Estambul.
Plaza Taksim
Es el corazón más moderno de Estambul, un lugar que mezcla lo local con lo turístico, lo tradicional con lo político. No es la plaza más bonita del mundo, pero sí una de las más vivas.
Muelle de Eminönü
De esos sitios donde todo fluye: Barcos, vendedores, familias, turistas, gaviotas, olores a pescado y especias. Desde aquí salen los ferris que cruzan el Bósforo, y sólo el ambiente del muelle ya te mete de lleno en el ritmo de Estambul.
Además de los sitios que visitamos, Estambul está repleta de monumentos que merecen una parada. La Cisterna Basílica, con sus columnas sumergidas y su aire misterioso, es una de las visitas más curiosas de la ciudad. También vale la pena acercarse al Palacio de Topkapi, antigua residencia de los sultanes otomanos, con sus salas decoradas, patios y vistas al Bósforo.
Si te interesa la parte más monumental y menos turística, la Mezquita de Süleymaniye impresiona por su tamaño, su calma y las vistas desde su explanada. Otra opción muy recomendable es el Museo de Arte Turco e Islámico, justo frente a la Mezquita Azul, donde puedes ver alfombras antiguas, cerámica y objetos históricos que ayudan a entender mejor la cultura del país.

Capadocia: bienvenidos a marte
Después de dejar atrás el caos de Estambul, nos esperaban casi 750 km hasta Göreme, lo que se traduce en unas 8-9 horas de coche, paradas incluidas. El trayecto se hace largo, no vamos a mentir, pero también es parte del viaje. La carretera te va mostrando otro Turquía: menos urbana, más rural, más desierta, más auténtica.
Llegamos a Capadocia medio muertos de cansancio, pero con las ganas por las nubes. Y como aquí no se viene a descansar, ni siquiera fuimos directos al hotel. Al llegar a Göreme vimos quads de alquiler, así que pillamos uno un par de horitas para aprovechar las últimas luces del día. Acabar el día entre caminos de tierra, formaciones rocosas que parecen de otro planeta y con un atardecer de película fue la mejor manera posible de aterrizar en esta zona.

Göreme, el pueblo donde las casas son cuevas
Göreme es uno de esos sitios que no se parecen a nada. Aquí las casas están literalmente excavadas en la roca, los hoteles tienen habitaciones dentro de cuevas y la vida transcurre entre calles estrechas, gatos, turistas con la cámara siempre en mano y algún que otro señor que te quiere vender globos al amanecer. Tiene ese punto turístico evidente, pero sin perder su esencia. Hay restaurantes con terrazas con vistas al valle, tiendecitas de alfombras, y ese aire relajado que te hace bajar el ritmo sin darte cuenta. Dormir aquí es toda una experiencia, sobre todo si eliges uno de esos alojamientos “cave” que parecen sacados de una peli de fantasía.

valles de otro planeta
Lo que hace que Capadocia te atrape no es solo el ambiente del pueblo, sino todo lo que lo rodea. Salir a caminar o moverte en quad por los valles de los alrededores es como meterte en otro mundo. Las chimeneas de hadas, esas formaciones rocosas con formas imposibles, están por todas partes. A cada paso aparece algo distinto: cuevas, arcos, rocas puntiagudas, colores que cambian con la luz… y, de repente, una iglesia excavada en la roca, con frescos antiguos pintados directamente en las paredes. Algunas están abiertas, otras medio escondidas, pero todas tienen ese aire de misterio que hace que te apetezca entrar, aunque no seas muy de visitar iglesias.
Entre los valles más interesantes están el Valle del Amor, con sus formaciones tan particulares; el Valle Rojo y el Valle Rosa, que tienen unas vistas preciosas al atardecer; el Valle de las Palomas, más tranquilo, y Pasabag, también conocido como el Valle de los Monjes, donde se conservan algunas de las chimeneas más espectaculares. Lo bueno es que están todos bastante cerca entre sí, así que puedes recorrer varios en el mismo día, ya sea caminando o con algo más de movimiento si vas en quad.
Museo al Aire Libre de Göreme
A solo 1,5 km del centro del pueblo, el Museo al Aire Libre de Göreme es una de las visitas más importantes que se pueden hacer en Capadocia. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, este conjunto de iglesias, capillas y monasterios excavados en la roca fue un importante centro de vida monástica entre los siglos X y XII.


Lo que hace especial este lugar no es solo su arquitectura, sino los frescos bizantinos que aún decoran sus paredes, muchos de ellos sorprendentemente bien conservados. Algunas de las iglesias más destacadas del recinto son la Iglesia Oscura (Karanlık Kilise), con colores intensos gracias a la escasa luz que ha protegido sus pinturas durante siglos; la Iglesia de la Manzana (Elmalı Kilise), con escenas bíblicas como la Natividad; y la Iglesia de la Serpiente (Yılanlı Kilise), que representa a San Jorge luchando contra el mal.
La visita se puede hacer en una o dos horas, y aunque la mayoría de espacios están incluidos en la entrada general, algunas iglesias como la Oscura requieren un ticket adicional. Es una de esas visitas que te ayudan a entender cómo era la vida en Capadocia mucho antes de los globos y los quads,
Derinkuyu: la ciudad bajo tierra
A unos 35 kilómetros al sur de Göreme, encontramos Derinkuyu, una de las ciudades subterráneas más conocidas de Capadocia. Nosotros la visitamos ya de camino hacia Pamukkale.
Después de los paisajes abiertos de la zona, entrar en Derinkuyu es como cambiar totalmente de escenario. Esta ciudad excavada en la roca servía como refugio en tiempos de conflicto, y llegó a albergar a miles de personas durante semanas o incluso meses. Tenía zonas para dormir, cocinar, almacenar comida, e incluso espacios para animales. La visita está bien señalizada, aunque hay tramos algo estrechos y bajos donde toca agacharse un poco. No es la experiencia más cómoda del viaje, pero sí una de las más distintas. Da bastante que pensar imaginarse a tanta gente viviendo ahí abajo, sin luz natural y dependiendo solo del interior de la tierra para sobrevivir.
Sultanhanı Caravanserai: un alto en La ruta de la seda
Seguimos avanzando hacia Pamukkale y, ya metidos en carretera, hicimos una parada en Sultanhanı, donde se encuentra uno de los caravanserais mejor conservados de Turquía. Estas construcciones servían como refugio para comerciantes y viajeros en la época de la Ruta de la Seda, y ver uno en mitad del paisaje tan plano del centro de Turquía impresiona.
El Sultanhanı Caravanserai fue construido en el siglo XIII y está muy bien restaurado. Por fuera parece casi una fortaleza, y por dentro conserva su estructura con patios, salas de almacenaje y una pequeña mezquita. La visita no lleva mucho tiempo, pero sí ayuda a entender mejor cómo era la vida para quienes cruzaban el país hace siglos con caravanas de mercancías. No es un lugar masificado ni especialmente turístico, y eso también se agradece.

Pamukkale & Hierápolis: el cielo dijo que no
Desde Göreme hasta Pamukkale hay unos 620 kilómetros si vas directo, lo que se traduce en unas 8 horas de coche sin contar paradas. Nosotros lo hicimos en plan más relajado, parando primero en Derinkuyu y después en el Sultanhanı Caravanserai, así que la jornada se alargó bastante más. Aun así, fue uno de los tramos más completos del viaje: carreteras largas, paisajes muy diferentes a lo visto hasta entonces y la sensación de estar cruzando Turquía de verdad, sin adornos.
Cuando por fin llegamos a Pamukkale, teníamos mil ganas de ver las famosas terrazas blancas y las ruinas de Hierápolis, pero… el tiempo no nos acompañó. Nada. Nos cayó una tormenta que lo arruinó todo: lluvia intensa, viento, cielo completamente cerrado. No era el mejor día para paseos ni para fotos, así que no pudimos disfrutarlo como habríamos querido.
Aun así, es fácil imaginar lo impresionante que debe ser cuando el sol ilumina ese paisaje blanco brillante y se puede caminar por las piscinas naturales. Hierápolis, justo encima de las terrazas, es otro lugar con muchísima historia: un teatro romano muy bien conservado, restos de calles antiguas, columnas, termas… Pero con tanta lluvia, fue más una visita exprés que otra cosa.
Nos fuimos con la sensación de que teníamos que volver. Porque, aunque no lo vimos en su mejor versión, se nota que este lugar tiene algo especial. Solo que a veces, el clima manda.
Pamukkale: LA MONTAÑA DE ALGODÓN
Pamukkale es uno de los lugares más icónicos de Turquía gracias a sus formaciones naturales de travertino. Se trata de terrazas blancas creadas por la acumulación de minerales calcáreos provenientes de aguas termales que brotan de la montaña. Estas aguas, ricas en calcio, han creado con el paso del tiempo un paisaje escalonado que parece cubierto de nieve o hielo, pero que en realidad es piedra.
El agua fluye lentamente por las terrazas, creando piscinas naturales poco profundas donde, en determinadas zonas, está permitido caminar descalzo. El acceso a Pamukkale está regulado para preservar el entorno, y solo una parte de las terrazas puede ser recorrida por los visitantes.

Hierápolis: la ciudad romana sobre las terrazas de Pamukkale
Sobre las formaciones de Pamukkale se encuentran las ruinas de Hierápolis, una antigua ciudad fundada en el siglo II a.C. por los reyes de Pérgamo y más tarde incorporada al Imperio romano. Gracias a la presencia de aguas termales, Hierápolis fue un importante centro de descanso y curación en la antigüedad, combinando funciones religiosas, médicas y recreativas.
Hoy en día es uno de los conjuntos arqueológicos más importantes del país, y sus principales puntos de interés son:
- El teatro romano: Construido en el siglo II d.C., con capacidad para unas 15.000 personas, y muy bien conservado.
- La necrópolis: Una de las más extensas de Asia Menor, con cientos de tumbas, sarcófagos y mausoleos.
- Las termas romanas: Utilizadas en su época como centro de salud, hoy albergan el museo arqueológico de Hierápolis.
- El Templo de Apolo: Uno de los edificios religiosos más importantes de la ciudad.
- La piscina termal de Cleopatra: Una piscina de aguas calientes naturales donde se puede nadar entre columnas sumergidas.
Hierápolis está declarada Patrimonio de la Humanidad junto a Pamukkale, y la entrada a ambos recintos se realiza de forma conjunta.
Después de visitar Pamukkale y Hierápolis, continuamos la ruta en dirección oeste hasta Kuşadası, una ciudad costera en el mar Egeo que usamos como base para pasar la noche y acercarnos al día siguiente a Éfeso. El trayecto desde Pamukkale hasta Kuşadası es de unos 190 kilómetros, lo que se traduce en aproximadamente 2 horas y media de coche, dependiendo del tráfico.
Kuşadası es una ciudad muy turística, conocida por sus playas, su paseo marítimo y su puerto, donde atracan muchos cruceros. Aunque no es el destino más auténtico de Turquía, sí es una parada cómoda para descansar después de una jornada larga, con muchas opciones de alojamiento, restaurantes y tiendas. Además, su ubicación es ideal para visitar Éfeso temprano al día siguiente, evitando parte de las multitudes.
Éfeso: una de las joyas arqueológicas del mundo antiguo
A pocos kilómetros de Kuşadası se encuentra Éfeso, uno de los conjuntos arqueológicos más importantes y mejor conservados de todo el Mediterráneo. Esta antigua ciudad griega, posteriormente romana, fue una de las grandes urbes del mundo antiguo y llegó a tener más de 200.000 habitantes en su época de esplendor.
Éfeso destaca por su excelente estado de conservación y por la magnitud de sus estructuras. Al recorrerla, se puede seguir el trazado original de sus calles pavimentadas, admirar edificios monumentales y entender cómo funcionaba una ciudad romana en su día a día.

- La Biblioteca de Celso: El icono del yacimiento, con su fachada reconstruida que ha resistido el paso del tiempo.
- El Gran Teatro: Con capacidad para más de 20.000 personas, se utilizaba para espectáculos y reuniones públicas.
- La calle de los Curetes: Conecta muchos de los edificios principales y está flanqueada por columnas y restos de estatuas.
- Los baños romanos: Fuentes, templos y casas decoradas con mosaicos y frescos.
- El Templo de Artemisa: Uno de los elementos más simbólicos de la ciudad, aunque hoy solo quedan restos de lo que fue una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo.
La visita se puede hacer por libre o con guía, y es recomendable llevar agua y protección solar, ya que gran parte del recorrido es al aire libre y sin sombra. Éfeso es uno de esos lugares que deja huella, incluso si no eres muy de ruinas.
La Casa de la Virgen María: leyenda en la montaña
La Casa de la Virgen María se encuentra en las laderas del monte Bülbül, a unos 6 kilómetros de Éfeso y cerca del pueblo de Selçuk. Según la tradición cristiana, este fue el último hogar de María, quien habría vivido allí bajo el cuidado del apóstol Juan tras la crucifixión. La creencia se basa en las visiones de una beata alemana, cuyas descripciones detalladas llevaron al descubrimiento de una antigua estructura en ruinas en 1891. Desde entonces, el lugar ha sido restaurado y reconocido por la Iglesia Católica como sitio de peregrinación. A lo largo de los años, ha sido visitado por varios papas, incluidos Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI.

La construcción actual es una pequeña capilla de piedra situada en un entorno tranquilo, rodeado de árboles. En el exterior, hay una fuente de agua, un muro donde los visitantes dejan mensajes y oraciones, y un ambiente general de respeto y recogimiento. Es un lugar que, más allá de las creencias de cada uno, transmite calma y merece la visita si estás en la zona.
Çeşme: mar turquesa e historia otomana
Çeşme está en la punta oeste de Turquía, y fue nuestra última parada antes de volver a Estambul. Desde Kuşadası son unos 170 kilómetros que se hacen en unas 2 horas y media de coche. Al llegar, el cambio se nota enseguida: menos ruido, más calma y ese aire costero que te dice “ya puedes bajar el ritmo”.
El centro tiene bastante encanto. Calles empedradas, casas blancas con ventanas de madera, buganvillas por todas partes y tiendas pequeñas donde apetece pararse sin prisa. Uno de los lugares más llamativos es el Castillo de Çeşme, una fortaleza otomana que parece plantada justo donde tiene que estar. Se construyó en el siglo XVI como defensa contra ataques por mar, y hoy sigue ahí, imponente, vigilando la costa. Dentro hay un pequeño museo, pero solo por las vistas desde lo alto ya merece la pena subir.
Y claro, estando en Çeşme, el plan de playa es casi obligatorio. La más famosa es Ilıca Beach, con arena clara y aguas termales que brotan directamente en el mar. El agua está templada y tiene ese azul del Egeo que no necesita filtros. Si buscas algo más tranquilo, Altınkum es buena opción, con menos gente y más espacio para estirarse al sol.

Qué comer en Turquía: más allá del kebab
Si hay algo que nos sorprendió en este viaje, fue lo bien que se come en Turquía. Y no hablamos solo de kebabs, que sí, están en todas partes y están buenísimos, sino de una variedad de platos y sabores que te hacen parar más veces de lo previsto “solo para picar algo”. La cocina turca mezcla influencias mediterráneas, árabes, persas y balcánicas, y eso se nota en cada plato.
Uno de los básicos que vas a encontrar sí o sí es el menemen, una especie de revuelto de huevo con tomate, pimiento y especias que se suele comer en el desayuno. También están los pide, que son como pizzas alargadas con todo tipo de ingredientes: carne picada, queso, verduras…

Otro clásico es el lahmacun, una masa muy fina con carne especiada por encima, que se enrolla con un poco de perejil y limón y entra solo. Los meze, que son entrantes para picar, también están por todas partes: hummus, yogur con ajo, ensaladas, berenjenas… Siempre acompañados con pan recién hecho.
En zonas de costa como Kuşadası o Çeşme, el pescado y el marisco son una buena opción, aunque el precio sube un poco. Aun así, merece la pena probar algún balık ekmek (bocadillo de pescado), sobre todo en Estambul, en los puestos junto al muelle.
Y para terminar, hay que hablar de los dulces. El baklava se lleva la corona, pero hay muchos más: lokum (las típicas delicias turcas), arroz con leche, pastelitos de hojaldre… Todo acompañado de un çay (té negro) o un café turco que no es para todos los paladares, pero hay que probarlo al menos una vez.
En Turquía se come mucho, se come bien, y se come barato. Así que deja hueco, que lo vas a necesitar.
¿Repetiríamos Turquía? Sin dudarlo
Turquía nos dejó agotados, pero también nos dejó marcados. En solo 8 días recorrimos ciudades infinitas, paisajes que no parecen de este planeta, ruinas con más historia que muchos museos juntos y playas en las que habríamos alargado el viaje sin pensarlo. Fue intenso, sí. Nos faltó tiempo, en Estambul sobre todo. Pero volvimos con la sensación de que este país tiene mucho más que ofrecer… y que lo volveríamos a hacer mil veces más.
La mezcla que tiene entre oriente y occidente, sus ruinas en las que pareces estar en Roma o Atenas, su comida, son muchas la razones para volver, aparte d que con lo grande que es Turquía no te lo acabas fácilmente.
Si estás pensando en hacer una ruta parecida, esperamos que este post te sirva para organizarla mejor, evitar algún que otro error y, sobre todo, disfrutarla a tu manera. Y si ya has estado en Turquía, cuéntanos: ¿qué lugares te impresionaron más? ¿Te dio tiempo a verlo todo o te pasó como a nosotros?
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